Aún faltando un trecho culebrero impreciso, pero breve (a la vista de las partes), para el desvirgue del proceso compartido de construcción de paz de nuestra sociedad, después de chapotear autistas por décadas en el lodazal de la guerra fratricida, el gobierno de Colombia presidido por Juan Manuel Santos y la guerrilla más vieja del mundo, la FARC (E. P.), al mando del comandante Timochenko, han arrimado en el día de ayer en La Habana, Cuba, a un acuerdo sobre jurisdicción de justicia transicional, lo que le imprime al mismo un carácter irreversible. En buena hora!
Para llegar a este punto de no retorno ha sido necesario que las partes, cada quien por su lado y en su relación interdependiente, hayan enfrentado una de las batallas más escabrosas en el terreno de la subjetividad: El miedo. O los miedos.
El miedo al “coco” de la derecha recalcitrante y su macabro actuar, el miedo (múltiple) a la incertidumbre por lo que viene, el miedo a desprenderse del pasado, el miedo a las admoniciones y anatemas procedentes de las alcurnias sacerdotales de las extremas. El miedo a dar la cara a las duras verdades diseminadas en el trámite horrendo del conflicto armado, el miedo a dar la cara a las víctimas (Reparación, restitución y no repetición).
Los retos son descomunales, por tanto lo que sí se requiere es de esfuerzos igualmente descomunales de todas las partes involucradas (donde no hay tareas pequeñas), desde el ciudadano común y corriente que no habita el ruido de la política, como de los contradictores no patológicos, como de modo relevante lo que al establecimiento compete, al Estado colombiano, a sus instituciones, por cuanto encarna la legalidad del orden que rige, el cual paradójicamente se ha de enfrentar a sí mismo en aras de hacer el quiebre “doloroso” al lastre de su propia deformidad. Esto si se quiere, aunado a necesarias transformaciones en la organización y práctica de la jurisdicción de la justicia en nuestro país, la equidad por parte de todo el aparataje político-administrativo, y marcando el paso, la movilización educativa de todos los entes gubernamentales y no gubernamentales, encarando las indispensables y sustantivos cambios en la política educativa del país e insuflar una diferente dinámica y fluidez organizacional del sector educativo.
Dicho de otra manera, este fundamental acuerdo Gobierno-guerrilla de la FARC, ha de devenir en apertura de realizaciones en todos los niveles y prácticas sociales y políticas, con las que, frustraciones acumuladas del pueblo colombiano, encuentren su segunda oportunidad a través del cauce institucional.
El buen tacto e inteligencia de las fuerzas democráticas, que a partir del momento de la dejación de armas por la FARC y su conversión en partido político legal, se contemplen así mismos en dicho espectro, urge la remoción de los esquematismos paralizantes, que les otorgue la talla para encarar con éxito los desafíos planteados, no dando lugar para que la ultraderecha (“Enemigos agazapados de la paz”, que ya no tanto acazapados) den al traste con los acuerdos y la posibilidades de trasformación contenidos en los mismos.
Desde ya se impone desplegar la más extendida y persistente movilización de los diferentes sectores y movimientos sociales y políticos de nuestra sociedad para dar bienvenida y abrazo a la nueva etapa por la que hemos de transitar con creatividad, que equivale plenamente a construcción en todos los órdenes, de una sociedad incluyente, ecuánime, justa, razonable, desposada con el bienestar y plena en la realización de sus derechos humanos!
Este cometido mayor común, sí que es posible sin el distractor desgastante del morbo de la guerra!
No se trata de seguir con rituales estériles conmemorativos de “Semanas de la paz” cada año, en un mes determinado, independiente y ajeno a la dinámica de nuestra conflictiva y viva realidad. Es hora de actuar en tiempo real!
Ramiro del Cristo Medina Pérez
Santiago de Tolú, septiembre 24- 2015